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lunes, 21 de marzo de 2022

La soledad aguarda…


La soledad aguarda, paciente, su momento; se pasea sin prisas, manos a la espalda, con estudiada parsimonia, analizando distraídamente la trayectoria de cada paso, bordeando las afueras de cualquier felicidad compartida.  


Le gusta que la traten de amiga, aunque, comprende que asumir ese autoengaño necesita de una espera, de una aceptación paulatina con su ritmo y con sus tiempos; “Amiga soledad!” Lo ha oido tantas veces! Pero se deja querer; el oficio le ha enseñado a transformar la compasión en comprensión, incluso en fingida amistad reparadora donde encuentre, al fin, arraigo el desarraigo. 


Sabe cómo ir invadiendo rincones abatidos del alma: el silencio huérfano de la casa en penumbras con vestigios de olor a cirios y ecos sordos de agónica letanía de rosario; o una mano extendida que asoma su desespero a una esquina insospechada en cualquier calle sin nombre…

Es para ella como ir renaciendo pausadamente en cada ruptura, o entre los dedos que ya apenas se rozan en un adiós sin retorno; construyendo su reino sobre residuos de vida, a menudo en la antesala del partir ineludible hacia la nada. 





jueves, 19 de noviembre de 2015

Ósmosis de almas gemelas atrapada en el círculo de la ausencia

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Todos los días son ayer, cuando, sin prisa, dueños del tiempo, desgranábamos la ansiedad en la ósmosis de la tarde hasta dar con las palabras que encajasen en el proyecto común de la conversación compartida, mientras los instantes se escurrían en hilera entre las copas de licor añejo; cuando no nos importaba guardar, tras las risas, las otras palabras, las incómodas, a la espera de un momento propicio indefinido.

Pero hoy... hoy de nuevo es ayer, y desenvuelvo las palabras proscritas guardadas en un hatillo; las acaricio y busco escucharlas una vez y otra más, aislado en el círculo de la imposibilidad y la evidencia, sumido en la perplejidad de la ausencia.

Hoy es ayer; siempre y para siempre será ayer; y las palabras, ayer impronunciadas, permanecen para siempre atrapadas en el hatillo de un tiempo perdido, como tesoros sin dueño; ese es el merecido castigo que intento paliar con el incierto placer de la nostalgia, en la angostura infinita de la tarde.


miércoles, 24 de octubre de 2012

Inspiración?


Me despierto con una nueva melodía zigzagueando sinuosa por todo mi ser; desesperada busca un poro, una puerta estelar que comunique con su destino, en una lucha contrareloj por su propia supervivencia…

Retiro las sábanas; en apenas unos segundos permito que mi diafragma tome el control; en una pirueta me subo a las zapatillas y vuelo hacia el escritorio…

Se desliza brazo abajo en espiral, se cuela en el lápiz, fluye al pentagrama y… se expande como una selva en el papel...

En silencio, la imagino… Una lágrima se abre paso, cae al vacío en un instante dilatado donde velocidad, espacio y tiempo se disocian de toda lógica… cierro los ojos… y todo yo me evaporo en un tenue suspiro.



jueves, 20 de septiembre de 2012

Víctor


Su tiempo se detuvo en alguna frase de una canción de Mike Oldfield, aferrándose a un desesperado volantazo. Luego, todo continuó sin él.
Alguien consiguió extraer la casete salpicada de pequeñas muestras rojas de ADN, resistiendo el impulso de hacer girar la cinta, y así congelar ese impreciso momento que marcó para siempre la frontera del silencio.



(Historia inacabada)

Ramón

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Él: "¿¿Crees en Dios…??
         Dime!! ¿¿crees en Dios??".
Yo: "Creo en tí, amigo mío"…

Entonces apartó el cuchillo de mi garganta, bajó la cabeza y dijo con amargura:
"Antes, César, yo era como tú…: normal...", y lloró desconsoladamente.

El televisor en el suelo


El televisor en el suelo ya no es un gracioso episodio eventual, sino el signo de un abandono endémico. Ella, le ama casi ya con amargura.

Dª Josefa


Dª Josefa guarda una pistola bajo su almohada, y construye con paciencia e ilusión una casa de muñecas sobre la gran mesa central de una salita de estar de luz oscura y decadente que se filtra entre visillos con olor a naftalina; un universo privado a su medida habitado por sus miedos y la estrechez intelectual de una jubilación largos años añorada y una soledad apenas disimulada tras los flecos de una osadía estrafalaria y el voluntariado en el club social.


(Historia inacabada)

El camino de la escuela


Juguetea distraído con una varita en las brasas, así soporta el peso del silencio. Su madre oculta en un suspiro lágrimas de espera incierta. El aire huele a humo y a dolor cómplice. Noche afuera, el viento se regodea.




(Historia inacabada)

miércoles, 28 de marzo de 2012

Juan

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Juan es un poeta de sensaciones, un pescador de palabras, sólo que pasen éstas al alcance de su antena... atenta: agarrar, pegar... agarrar, pegar... y, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, una idea concreta, ¡qué placer entonces! en esos momentos uno siente la reconfortante compañía de la autenticidad; pero luego, vuelve a su manía, casi esquizoide, de la pesca literaria, allá en su isla recóndita, en los límites del autismo; capitán de su nao, tripulada por fantasmas, algunos, que únicamente él ve; Quijote sin causa...

Juan es un loco entre bambalinas, un soñador obstinado, sólidamente anclado a un fondo marino de pura realidad; sujeto, como si nada, a un sutil hilo de cometa.

De algún modo consigue hacer brotar flores en su ombligo, epicentro de ese paraíso, que extiende sus fronteras más allá, mucho más allá, de lo que la vista alcanza, en busca de aire puro, tal vez a la zaga de la luz que le fue negada a la primera simiente echada en esa tierra heredada ya en los años de la penuria; una semilla tosca, quizás caída por casualidad en una sórdida noche preñada de pasión acelerada, algo de alcohol y, tal vez, unha pizca de ternura, regada por millares de ínfimas gotitas de sudor, jadeos de cansancio antigo y placer prohibido; y pueda que algún asomo de orgasmo inconfesable, pueda que alguno.

Nos cuenta historias remotas, ecos que vienen del más allá, invisibles flores que consiguen enraizar en la vulgar cotidianidad de un foráneo campo de golf; y él, feliz, gesto impasible de sonrisa socarrona, medio sincero medio burlón, pilota airoso su máquina cortacésped, sonrisa aquí, saludo allá, a la conquista de su libertad, manteniendo a raya un verde manto de hierbas con pedigrí, jardín ajeno; telón de fondo de su caótico paraíso... amapolas en el lodo.

Pero, en medio de esa especie de aséptico jardín asexuado, se yergue, rosal incuestionable, la voz de un poeta.



Barcelona, 2004

viernes, 29 de julio de 2011

Héctor

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Por César del Caño
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Héctor me enseñaba su foto con Sinatra, cuando era campeón de los Ligeros, antes de acabar como bestia de carga en el mercado de abastos.

A Héctor le sacó de la calle la Señora Petra. Apartó de él la botella, se enfrentó con valentía a su mal genio, le lavó y alimento; reunío los trozos de autoestima desperdigados en el asfalto, hizo con ellos un amasijo y los volvió a colocar en su sitio primitivo, al lado del corazón de aquel desecho humano que tiempo atrás había volado en la nube de la gloria y el dinero sin límites.

Qué fué lo que vio en él aquella bondadosa mujer, minúscula y de mirada viva y perspicaz, no es fácil de comprender para los que vivimos al margen de la realidad, distraídos en espejismos mediáticos y mentiras de políticos corruptos. 
- "Es que tenía unos ojillos... tan tristes...!", me respondía, mientras miraba a Héctor con ternura y amor inmensos; como si de su propio hijo se tratase.
- "¡La mía mama!", balbucía él con agradecimiento, en una extraña mezcla de español y brasileiro que luchaba por abrirse paso a través de aquella nariz machacada, mientras la abrazaba hasta estrujarla entre sus poderosos brazos.

Un día, paseando por la Puerta del Ángel, conocí a Kid Merino, los dos mirábamos la actuación de una cantautora callejera, y él, que me había visto en un par de ocasiones por aquellas calles de la vieja Barcelona, poco a poco fue acercándose hasta rozarme con el codo:
- "Es buena, eh!", dijo sin mirarme, en voz baja, estirando su cuello hasta colocar su cabeza muy cerca de la mía. Luego me miró fijamente, con aquella media sonrisa que le caracterizaba, como esperando respuesta...
- "Mucho...!", admití, "...tiene carácter y estilo... y una bonita voz".

Merino era un hombre de baja estatura, aunque de complexión fuerte y muy ágil para su edad. Moreno, calvo... de carácter alegre y positivo. Aparentaba unos sesenta y cinco años, aunque luego supe que en realidad tenía más de ochenta.
A partir de aquel día hubo nuevos encuentros y nuevas conversaciones. Me habló de los días en los que, allá por el verano de 1936, junto a otros boxeadores, se había alistado al bando republicano, en una especie de ejército gremial, respondiendo a la llamada de diversos grupos como la CNT-FAI como reacción al estallido de la guerra civil.

- "¿Conoces a Héctor Barbosa?", le pregunté en una ocasión. Él me miró con sorpresa...
- "¡Huy, sí! ¡ese era muy bueno...! ¿Por qué. Le conoces tú? No sé qué fue de él... "
- "Pasó una etapa muy mala, pero ahora ha encontrado un trabajo fijo en el mercado de La Boquería", le informé. El miró al suelo, agitó la cabeza y desmenuzó con el pié una colilla amarillenta...
- "Es lo que tiene esto: si no sabes retirarte a tiempo acaban contigo".



(Historia inacabada)

lunes, 18 de julio de 2011

La auténtica historia, el verdadero guion...

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La auténtica historia, el verdadero guion, no está en los realities ni en las peluquerías unisex, sino a pie de calle, en el mercado de abastos y detrás de cada puerta. ©esardelcano #frases

martes, 12 de julio de 2011

Círculos (relato)

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Obra ganadora del
VII Certamen Literario S. Xurxo, y del
V Certamen de narrativa Castelao
(CGB)

 
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Por César del Caño
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   Empapado en sudor, emergí violentamente de lo que parecía haber sido un horrible sueño, y me encontré semiincorporado en una de las numerosas camas de una habitación de hospital. Dispuestas éstas en dos hileras, permitían un pasillo central que culminaba su largo discurrir en una alta puerta de dos hojas, muy al fondo. Las paredes, con su blanquísima altura, soportaban el alto techo sumamente iluminado por infinidad de focos de luz indi­recta, semejando una gran pantalla que iluminara el salón con su blancura. Las camas con su blanca soledad- Blanco... blan­co... Incluso el pijama que me habían puesto era blanco. ¿Y mis manos?... No, mis manos, conservaban su color semitostado; respiré aliviado. ¡El pijama que me habían puesto!, pero «¿quién?, ¿quién?». Grité estas palabras, que resonaron en el salón con un estrépito desusado, y que parecían haber salido de detrás de mí, como si hubiesen sido pronunciadas por otra persona situada a mi espalda. Iba ya a girar la cabeza, cuando descubrí algo en lo que hasta entonces no había reparado: bajo la sábana de la cama de enfrente, al otro lado del pasillo, distinguí claramente un bulto que pareció moverse en el mo­mento de producirse mi extraño grito.

      -«¿Quién hay ahí?», dije. Y de nuevo mi voz pareció sonar a mi espalda. Una vez más iba a intentar girar la cabeza, cuando el bulto comenzó a moverse, ya sin lugar a dudas. A medida que iba estirándose en la cama, fui comprobando que se trata­ba de una forma humana, al mismo tiempo que ciertos gruñi­dos inconexos provenían de allí. Poco a poco el bulto fue de­sembarazándose de la sábana que le cubría, hasta quedar in­corporado en su cama, de la misma forma que yo en la mía. El terror hizo, de pronto, presa de mi: el que estaba sentado sobre aquella cama, ¡era yo mismo!, tal vez, eso sí, un poco más del­gado... Su sobresalto no fue inferior al mío: Sus ojos parecieron salírsele de sus órbitas cuando tomó consciencia de mi pre­sencia; luego comenzó a inspeccionar la estancia con la mira­da, cargado de una felina expresión de alarma, retornando ha­cia mí sus ojos de forma intermitente, como el que no quiere perder de vista a un enemigo peligroso. De nuevo recuperó su postura inicial, o sea, la mía, clavando definitivamente en mí su mirada escrutadora, al tiempo que se oyó, al fondo, un tenue chirrido, producido por la puerta al abrirse. Los dos nos gira­mos a un tiempo, para ver entrar a una pareja que cerraba ahora la puerta tras de sí, acompañada de su chirrido característico, esta vez invertido. ¿Doctor y enfermera? El sonido de sus pa­sos avanzando hacia nosotros, resonaba en las altas paredes con un lejano taconeo que fue incrementando su volumen a medida que se hacían más perceptibles sus rostros, dejando de sonar en el momento en que se detenían frente a mi cama.

      -«Veo que se ha despertado ya, mi querido amigo». Dijo él, animosamente, luciendo una sonrisa de satisfacción. «¿Cuán­to hace de esto?»

      -«Unos veinte minutos. Oiga!. ¿dónde estoy?» La voz volvió a sonar a mi espalda.

      -«Anote la hora, enfermera», ordenó él, sin hacer caso de mi pregunta.

      -«Sí, doctor. Comprobaré el ritmo cardiaco y el nivel de glu­cosa. »

     -«Por favor, le he hecho una pregunta», apremié, reprimien­do en lo posible la tensión que me invadía interiormente.

      -«Todo a su debido tiempo. De momento tan sólo le con­viene saber que ha sido usted internado a causa de un... lamen­table accidente, en el cual ha perdido uno de sus miembros vi­tales, y que en este momento, dicho miembro se halla en ma­nos de científicos de toda solvencia profesional, que están lle­vando a cabo un trabajo de restauración que será considerado como histórico en el campo de la futura traumatología.»

      -«¿Un miembro?» Comencé a palparme todo el cuerpo, lle­gando incluso a retirar el resto de la sábana, dejando al descu­bierto mis pies. «¿Cuál?»

      -«Su cabeza, amigo mío.»

   Mis manos se dirigieron lenta y temblorosamente hacia su objetivo, de forma automática, y se tocaron palma con palma en el lugar donde debiera haber estado mi cabeza. ¡No estaba!

      -«Me estoy imaginando su cara, amigo mío, pero no sufra, no hay posibilidad alguna de error en el trabajo de nuestros científicos.»

   Posé las manos sobre mi cuello seccionado, y noté algo así como infinidad de numerosas y finas mangueras que partían de aquél, ¿hacia dónde? Sin dejar de asir mi nuevo hallazgo, gi­ré la vista a mi espalda...

      -«Su cerebro se halla al final de todos esos conductos que parten de su cuello, en el interior de la computadora. Ha tenido que ser extraído de su protección craneal por razones de segu­ridad. Debido a algún tipo de incompatibilidad que todavía no hemos logrado determinar, sus recuerdos se hallan en este momento ocultos a su capacidad de percepción; pero es segu­ro que recuperará usted la memoria en el momento en que le sea reimplantada su cabeza. De esta forma evitamos los nume­rosos problemas que, sin lugar a dudas, se originarían de serle reimplantada antes del laborioso trabajo de restauración. Ha sido un verdadero milagro que el celebro no resultara dañado.»

   El trozo de pared que se encontraba detrás de mí cama, pre­sentaba todo el aspecto de una gran computadora, en la que penetraba lo que ahora distinguía como delgadas mangueras, cables y resortes, que se agitaban frenéticamente.

      -«¿Eso es mi cerebro actual?», conseguí preguntar.

      -«Si usted desea denominarlo así...»

     -«Pero yo... yo le estoy viendo», dije, confuso y abatido. «Y le estoy oyendo, y le estoy hablando...» (la voz a mi espalda).

      -«Esto se ha conseguido por medio de un transportador de imagen y otro de sonido. Un ingenio destinado a conservar su noción del espacio que ocupa. En cuanto a la voz... ésta re­quiere de un procedimiento más complejo, por lo que, dada la premura de la operación, hemos decidido prescindir de este detalle.»

   De repente recordé a mi compañero:

      -«¿Y él?, ¿qué hace ahí? ¡Tiene mi cara!»

    -«Se trata de una imagen creada artificialmente a modo de espejo. Una moderna terapia para contrarrestar el shock.»

      -«¿Y ustedes?, ustedes no se reflejan.»

      -«Se desechó también ese detalle por considerarlo innece­sario.»

      -«Pero él se ha incorporado en la cama más tarde que yo.»

   -«¿Ah, sí?..-» Pareció reflexionar. «Posiblemente algún fallo en el sincronizador de imagen. Enfermera, avise que envíen a alguien de mantenimiento.»

   Una fuerte sensación de abandono e impotencia fue adue­ñándose de todo mi ser hasta provocarme un dolor de cabeza que iba en aumento por momentos: levanté la mano instintiva­mente, y de nuevo me sobresaltó el vacío sobre mis hombros. Me agite con sumo desasosiego y sentí inmensas ganas de llo­rar, pero las lágrimas no llegaron a materializarse. Levanté la vista y vi la mirada del doctor parada en algún punto perdido, donde él imaginaba que debían estar mis ojos.

      -«Doctor, la frecuencia cardiaca está aumentando peligro­samente.» Observó la enfermera, dejando a un lado el block de notas y manipulando botones.

   Me deje caer de espaldas en la cama, abatido.

      -«Se ha desmayado.» Yo no hice nada para sacarles de su error, de momento parecían carecer del medio para averiguarlo.

      -«Enfermera, adminístrele un somnífero antes de que re­cobre el conocimiento.»

      -«Enseguida, doctor. Iré a por él.» La enfermera se alejó pa­sillo abajo hasta franquear la puerta. El doctor giró sobre sus talones y se dirigió hacia la imagen del espejo imaginario... ¿Espejo? ¡Estaba hablando con mi imagen!

      -«No cree, doctor que merezco una explicación.» Dijo mi doble con cierta impaciencia en sus palabras.  
     
      -«Comprobado su cuadro clínico, no veo que haya el menor inconveniente:... Se halla usted en posesión de una personali­dad completamente diferente a la suya primitiva, gracias al espléndido trabajo realizado por nuestros eminentes científi­cos, que han conseguido llevar a cabo con total éxito el trans­plante de la cabeza de su compañero de viaje...»

      -«¿Me quiere decir que... eso, es Juan?»

      -«Exacto.» Un sudor frío empezó a recorrer mi cuerpo.

      -«O sea que yo... ¿Quién soy yo?», preguntó mi doble.

      -«Es usted su propio cuerpo con la cabeza de él.»

      -«Pero esto es... es...»

      -«Dése por satisfecho, amigo mío», cortó el director, ele­vando el tono de voz por primera vez. «Su cabeza y su cerebro han quedado totalmente destrozados, a causa del impacto de las dos vagonetas, siendo del todo impensable su posible re­cuperación. Lo que pretendíamos comprobar eran precisamen­te las posibles incompatibilidades que pudieran haber surgido a raíz de un transplante de este tipo. Tiene usted suerte de po­der ver la luz del sol con sus propios ojos.»

      -«¿Y Juan?, ¿Qué pasa con él? Lo de su cerebro entonces es pura farsa.»

      -«Por supuesto es artificial. En realidad toda la computado­ra es su cerebro. Nuestros conocimientos actuales no nos per­miten todavía condensar esa gran mole sobre sus hombros y darle apariencia humana. Habrá que esperar. Mientras tanto, no podemos arriesgarnos a ponerle al corriente de la verdadera realidad, podría complicar las cosas en gran medida.»

   Comencé a sentir algo parecido a una náusea y ganas de vo­mitar, en el momento en que oí los pasos dé la enfermera acer­cándose con el somnífero. Mi corazón latía con una fuerza tal, que yo mismo podía oírlo. De alguna parte de la computadora —salía una respiración agitada como si fuese otro el que la pro­vocara­

      -«Se está despertando, doctor.»

      -«¡Pronto!, el somnífero.»

   Noté como la aguja se clavaba en mi brazo, al tiempo que, fuera de mí, me incorporaba en la cama emitiendo un alarido que se-fue perdiendo en lejanos ecos. Fue así como, empapa­do en sudor, emergí violentamente de lo que parecía haber si­do un horrible sueño, y me encontré súbitamente semiincorpo­rado en una de las numerosas camas de una gran habitación de hospital.

lunes, 11 de julio de 2011

Ángel

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Ángel llevaba un estetoscopio en el bolsillo de su chaqueta, una libreta de muelle espiral con extraños e imposibles pentagramas, y una batuta; dirigía a cantantes callejeros, con prosopopeya y arrogancia no exenta de cierta condescendencia patriarcal.
©esardelcano


(Historia inacabada)